¿Quién manda en tu matrimonio?

¿Por qué dominar al otro?
Parece una tendencia muy común que los seres humanos busquemos someter y querer subyugar al otro.
Es como querer imponer y mandar a que se haga lo que uno considera que es lo correcto o lo que se debe de hacer. Y que de alguna manera estamos convencidos de que es la verdad, aunque subjetiva, pero que es la correcta.
Sentir que tus indicaciones y voluntad, es para que se cumplan y te obedezcan. De lo contrario lo reclamas y hasta te puedes enojar, una consecuencia muy común en los que al mandar buscan que se les obedezca.
En las relaciones humanas han existido patrones y esclavos, amos y súbditos, jefe y empleados y por alguna razón se ha llegado a creer que el esposo puede mandar a su mujer.
En el fondo existe un egoísmo utilitarista, para usar al otro y ponerlo a tu servicio, tanto para que hagan las tareas o trabajos que uno no desea hacer, ya sea por pesados, tediosos o desagradables. Pero que otros los ejecuten de una manera obligada para satisfacer los requerimientos personales de quien quiere mandar.
Que otros se ensucien las manos y se desgasten, el patrón que se quede cómodamente haciendo lo que les plazca, mientras los sometidos hacen lo que se les ordena.
Que me cuiden, protejan y quiten el miedo es muy importante para el que quiere dominar. Pues se trata de estar tranquilo a costa de los que le sirven. De cierta manera existe un sentido de superioridad, de creerse más que el otro y de suponer que se tiene con un poder para subyugar, bajo la amenaza de hacerle algo, como gritar, golpear o “romperle la cara”. De cierta manera sentir que se puede castigar al desobediente y hacerlo sentir con miedo si se vuelve a atrever a volverlo hacer. Es una forma tradicional de controlar por medio del miedo.
También en la relación de pareja se acaba por dominar uno a otro y romper con el respeto a la igualdad. Aunque muchos esposos aparentar dominar a la mujer, ellos acaban siendo dominados por ellas en muchas cosas que el hombre ni se da cuenta.
El sentido de esposar a la pareja y controlar y determinar qué se debe de hacer, como si fuera una propiedad exclusiva. Acaba por ser una relación de poder y no de amor.
El verdadero amor lleva a romper la relación de poder, para dar sólo lugar a la confianza, a la igualdad y al respeto pleno a la libertad.

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