¿Llorar o reír?

el

​Mejor reírnos de la muerte.
Pero nunca de los muertos.

Gran respeto le tenemos a nuestros seres amados que se han ido, estamos en oración por ellos y esperamos nunca olvidarlos. 

Les lloramos a los que máss amamos, y pronto dejamos a un lado a los que algún daño nos hicieron.

No es que festejemos el día de muertos, es que a la muerte se le teme con una mirada burlona y esquiva. Fácilmente hacemos rima con versos que encontramos chistosos y críticos, especialmente con los malos políticos,  y al mismo tiempo disfrutamos de calaveras hechas de azúcar y caramelo de piloncillo.

La catrina no puede faltar, vestida con elegante atuendo de noche, se despide de la vida engalanada con ropajes que nunca más verán una fiesta. Se casa con la muerte y se despide de la amada vida.

Si se ha disfrutado de la experiencia que han dado los años, el sólo pensar en nuestra muerte, nos puede hacer temblar de miedo y despertarnos en las noches con la pesadilla de una tragedia.

Pero si hemos encontrado miseria y traición, y la pobreza nos ha acompañado a lo largo de la vida, entonces que venga la huesuda;  que más que tenerle miedo, se le recibe con los brazos abiertos.

De los panteones tenemos muchas historias de fantasmas y madres que lloran la desaparición de un hijo; pero también llevamos flores y un grato agradecimientos por los que se nos han adelantado.

El mexicano ha hecho una extraña mezcla de la herencia mediterránea, junto con las tradiciones precolombinas. Entre que encuentra una respuesta a su muerte y entre que simplemente no le “haya” por donde explicársela. Pero de que nos vamos a morir es un hecho, aunque no nos queremos preparar para ella.

Hay quienes son tan miedosos que le tienen pánico a la muerte, especialmente de sus seres más queridos, están dispuestos a aferrarse a la vida con todas las uñas, como si la separación fuera tan dolorosa,  que hay que evitar que no se vaya.

En cambio hay quien juega con ella, se pone en riesgo y al filo de una visión casi suicida. Pero al mismo tiempo, le llora a la muerte de sus seres queridos y tiembla, cuando en el fondo,  se da cuenta de que su vida no ha tenido ningún sentido. Que ha sido miserable y sin gracia alguna.

Con mariachis y una copa en la mano,  se le puede llorar de nuevo a la madrecita santa que nos dio la vida. Que se le extraña y se le sigue queriendo.

Dicen que los mexicanos nos reímos de la muerte, la verdad lo dudo, más bien nos reímos de ansiedad, porque realmente le tenemos miedo. Claro que hay quien es valiente y arrojado, que presume no tenerle miedo a la muerte, pero cómo sufre cuando se muere un ser querido, a “mi familia ni la toquen”.

Si, mejor hay que hacer calaveras de burla, hay que mirar el rostro de una catrina y hacer mofa de un esqueleto vestido de gala. 

  

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