Nuevo Santo mexicano

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​La anima santa de Sahuayo
El 6 de febrero de 1928 casi logran atrapar al general cristero Guizar Morfin, porque en el combate le mataron el caballo, pero un jóven de 14 años de edad le dijo: “Mi general, tome usted mi caballo y sálvese; usted es más necesario y hace más falta a la causa que yo”. Entonces el general le hizo caso y huyó de los federales, pero no el jóven José al que llevaron preso a la cárcel de Cotija.

Al día siguiente fue trasladado a la ciudad de Sahuayo en donde lo entregaron al diputado federal Rafael Picazo Sánchez, quien le asigno como cárcel el templo de la parroquia.

El diputado sabía que el chico era de familia adinerada así que le mandó pedir cinco mil pesos en oro a sus padres para que lo rescataran. Don Macario Sánchez de inmediato trató de reunir semejante suma, pero cuando llegó a los oídos de  José, le pidió a sus padres que no pagaran el rescate porque él ya había ofrecido su vida a Cristo.

El tal diputado Picazo amenazó al jóven y el respondió “Estoy dispuesto a todo. !ya fusílenme para estar delante de Nuestro Señor y pedirle que te confunda¡” 

Lo golpearon fuertemente y le tumbaron los dientes.

No fue suficiente, unos día después lo trasladaron al Mesón del Refugio, donde avisaron que lo iban a matar. A las once de la noche le desollaron la planta de los pies con un cuchillo y lo sacaron a la calle para obligarlo a caminar hasta el cementerio, mientas le propinaban todo tipo de golpes. La gente escuchaba cómo el jóven iba gritando “¡Viva Cristo Rey! en vez de quejarse de dolor.

Llegando al panteón el jefe que lo escoltaba dio la orden de que lo apuñalaran, a cada golpe del cuchillo en su cuerpo,  reiteraba su grito predilecto “¡Viva Cristo Rey!

Ya mal herido, le preguntaron si quería enviar un mensaje a sus padres, antes de morir y José respondió: “¡Que nos veremos en el Cielo! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!” Para ya silenciar su voz, el jefe sacó la pistola y le dio un certero tiro en la cabeza. El jóven murió instantáneamente bañado en sangre. Fue el viernes 10 de febrero de 1928, a las once de la noche.

El 20 de noviembre José Sánchez del Rio fue beatificado junto con otros 12 mártires mexicanos víctima de la persecución religiosa (1926-1929) perpetrada por el Gobierno de Plutarco Elias Calles.

El domingo pasado el Papa Francisco lo elevó al sublime altar de los Santos mexicanos, en ceremonia especial en la plaza de San Pedro.

Es así como el espíritu de la mexicanidad religiosa se fortalece;  en su momento los verdugos y torturadores se jactaron de su crueldad, 88 años después la víctima es un Santo, un ejemplo de temple y fortaleza para el pueblo que ahora ve en esa mentalidad de sacrificio y entrega un modelo a seguir.

De los verdugos:  ¡Quién se acuerda? 

José acabó siendo más necesario, que el mismo General que salvó.  

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