Peregrinos en la soledad

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Entre la muchedumbre, con paso firme y decidido, se alcanza un momento de íntima soledad,  que perpetua nuestra condición de andantes en busca de un encuentro con lo social.

Parece que tenemos tantas relaciones y seres queridos, para una vez más confirmar que esta vida es una trayectoria de intimidad y acatamiento de la soledad. Quien se resiste y reclama, sucumbe en tristeza y depresión, quien se levanta con peculiar esmero, encuentra en los demás a unos acompañantes virtuosos que caminan también en paralelo y entrelazando afectos y experiencias.

Itinerantes al fin, recorremos la vida en busca de un sentido, de seres a quienes amar y a sentirnos correspondidos. Sólo de nosotros mismos somos responsables. Las cuentas que hemos de entregar al final, son de lo que hicimos con nosotros mismos y con los demás.

Y Octavio Paz, en la dialéctica de la soledad nos agrega lo siguiente: “El sentimiento de soledad, nostalgia de un cuerpo del que fuimos arrancados, es nostalgia de espacio. Según una concepción muy antigua y que se encuentra en casi todos los pueblos, ese espacio no es otro que el centro del mundo, el “ombligo” del universo. A veces el paraíso se identifica con ese sitio y ambos con el lugar de origen, mítico o real, del grupo. Entre los aztecas, los muertos regresaban a Mictlán, lugar situado al norte, de donde habían emigrado. Casi todos los ritos de fundación, de ciudades o de mansiones, aluden a la búsqueda de ese centro sagrado del que fuimos expulsados. Los grandes santuarios -Roma, Jerusalén, la Meca- se encuentran en el centro del mundo o lo simbolizan y prefiguran. Las grandes peregrinaciones a esos santuarios son repeticiones rituales de las que cada pueblo ha hecho en un pasado mítico, antes de establecerse en la tierra prometida. La costumbre de dar una vuelta a la casa o a la ciudad antes de atravesar sus puertas, tiene el mismo origen.”

Así el peregrino busca de nuevo su origen, la vida misma que ha nacido de una madre, a la que se le rinde frutos y se le reconoce su amor. Pero de frente a la propia muerte que también se lleva al mismo lugar de donde surgió. Ese ombligo es sagrado.

Santuario sagrado de la Virgen de Zapopan, territorio de mística y expiación. Espacio sacrosanto al que acuden,  silenciosamente, millones de peregrinos para finalmente festejar a la Generala por su bendita misericordia y protección. 

Tumultos que han puesto su fe en ella, su corazón, sus problemas y pesares, pero al fin de todo su esperanza. Con actos de agradecimiento la acompañan en su peregrinar y retorno a su hogar.

Es así como Zapopan se ha edificado como uno de los centros más sagrados de México, con el ir y venir de millones de ilustres peregrinos, silenciosos creyentes que depositan su creencia en tan venerado lugar.

El mexicano es Guadalupano, clama por el amor de la madre, por su protección y cuidado.

Una repetición ritual y de fe ineludible.

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