3. El espejo de la belleza

Al dejar la infancia nos topamos con el espejo, nos miramos con una curiosidad enorme y acabamos por descubrir que o somos feas o bellas. Y peor aun, comienza el peregrinar de la comparación con los demás.

Ya vemos con más claridad los defectos que tenemos o sentimos, y  que serán la fortaleza de nuestra estima, o lo contrario el comienzo de la penosa sensación de ser fea.

Ese espejo del baño, se despleza rápidamente a la mirada de los demás, ahora es buscar la verdad en las opiniones de los otros. Confirmar lo que he descubierto frente a mi misma. O en el peor de los casos, encontrarme con novedades que yo misma no había visto,  o querido ver.

En esos primeros momentos, frescos e inocentes de la naciente adolescencia, dejan una huella sustancial de si opto por sentirme bella o fea, y al paso que también decides quiénes a tu alrededor también lo son.

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